A terreno. Lo mejor.

En esta temporada, en las aldeas del interior sobre todo, se hace la matanza de los cerdos. Bestia sagrada gallega.

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He vuelto a salir por Ourense, para seguir con mi trabajo sobre la #despoblación interior. Has sido 3 días intensos, en los cuales he recorrido algo más de 500Km. entre aldeas olvidadas del interior ourensano. Esta vez me he centrado en la zona de la Baixa Limia, alojándome donde un buen amigo que tiene una casa rural de rara belleza, cerca de Congostro; por cierto, un lugar tan mágico que requiere algunas palabras de elogios sincero, por su cuidado, belleza, gusto y ubicación, y Carlos, la persona que – sola – levantó de la nada una aldea casi-abandonada para transformarla en un sitio distinto – es una persona tan encantadora como la casa rural que construyó. Muy, muy recomendable.

Volviendo a Ourense, he encontrado el interior de siempre, vamos, moribundo, decadente, abandonado, agonizante, olvidado. Han sido días muy fríos pero bastante soleados, con esa luz fuerte invernal que tanto me gusta. Me he cruzado con pocas almas, y (casi) siempre buenas. Como en la imagen, donde una familia local me invita al calor de la chimenea para probar unos cuentos productos locales hechos en casa (con la típica y abundante generosidad gallega, sobre todo a la hora de comer); en la parte baja dos cerdos se están desangrando, colgados por las patas.

Me he perdido por el Couto Mixto – donde pasé un frio bastante importante – otro lugar paisajísticamente fascinante y con una historia muy, muy peculiar; he recorrido parte del Xures, hasta llegar a la aldeas fronteriza de Olelas, ultima aldea antes de Portugal; y ha sido una pena ver los efectos del los encendidos devastadores del verano pasado, una barbaridad la cantidad de hectarias quemadas. He caminado en bosques y pateado por aldeas fantasmas. He parado el coche no sé cuantas veces, he tomado no sé cuantos desvíos improbables para tomar carretera secundarias que me llevaban a saber a donde. La fragmentación del territorio gallego no deja de impresionarme.

En una aldeas cerca de Ourense el presidente de la asociación de vecinos me enseña con orgullo de que manera ha decidido gastar casi 6.000 € para la construcción de un velatorio (¡!) en la aldea (formada por unos pocos vecinos); además de estéticamente discutible, también me he vuelto a cruzar con la mentalidad gallega de siempre. En fin. Velatorios, tanatorios y cementerios: es lo que hay.

Vuelvo con el alma pacificada y el silencio en el oído. Vuelvo feliz y relajado. Al mismo tiempo vuelvo algo deprimido, es duro imaginarse el interior gallego dentro de 20 años, lo que uno ve a futuro no mola nada.

Vuelvo con material visual fresco, lo más importante. Y seguimos. Que viva Morte Terra!

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